jueves, 19 de septiembre de 2024

Lo que extrañamos


Antes de que nos olviden

haremos historia.

Caifanes



Acabo de ver la serie Nadie nos va a extrañar. Caí porque todo mundo decía que era súper nostálgica y tenía canciones de Caifanes. Y así empieza, con una canción de Caifanes e imágenes del DF en los años 90 (sí, entonces era todavía el DF). Vemos los taxis verdes, los camiones de Ruta 100, los carros viejitos. Era 1994, el año que empezó con el levantamiento del EZLN, el mismo día que entró en vigor el dichoso Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México. En ese año yo terminé la primaria y entré a la secu. Es uno de los pocos años que ubico con claridad porque pasaron muchas cosas en México y en el mundo. Cómo olvidar el asesinato de Colosio, quien parecía el Mesías que venía a salvarnos (curioso que cada 6 años surjan esos mesías, ¿no?), Kurt Cobain se había suicidado (fue la primera muerte de un músico que realmente me impactaba) y a fines de ese año vino “el error de diciembre”, con su respectiva crisis económica. 

Pero volviendo a la serie, después de mostrarnos brevemente a los protagonistas, nos ubica en una escuela preparatoria, con los cuadernos Scribe de la época y la bonita costumbre de pasarse papelitos durante las clases. En los recesos vemos a los estudiantes comprando Boings de triangulito y Ricaletas, en la cooperativa (seguramente los alumnos de hoy poco saben de esas tienditas escolares de las cuales, en los buenos años, hasta nos repartían las ganancias). 

La historia es de estas historias “de crecimiento”, bildungsroman, como dirían los alemanes que tienen palabras para todo. Vemos cómo este grupo de amigos, un puñado de nerds, pasan de ser niños a jóvenes, con todas las circunstancias que esto conlleva. Crecer duele, como ya bien sabemos. A veces más, a veces menos. Lo que me gustó es ver que en este caso los personajes principales son ese grupito de ñoños, los más “aplicados” y ahí es donde, más allá de las referencias generacionales, también logro identificarme. Supongo que ahora esos nerds son los que están escribiendo las historias, sus historias, y mostrándolas al mundo. 

De nuevo, regresando a la serie, les decía que trata de la transición hacia el mundo adulto, cuando todo se vive tan intensamente: el primer amor de verdad, la primera experiencia sexual (la pena de ir a comprar condones), las cartas, los mixtapes grabados del radio con la combinación exacta de canciones para expresar lo que sentías (y tratando de que el locutor no tapara el inicio o el final de la música), las tardeadas, la primera vez que tomas alcohol o que quieres emborracharte con Caribe Coolers. Y, también, las primeras veces que sientes que el mundo se te acaba. ¿Cómo superar eso? Cada quien va encontrando su manera. O no. 

Me pregunto por qué ahora tienen tanto éxito estas historias. Supongo que la nostalgia siempre vende, la posibilidad de conectar con la experiencia colectiva, algo que no percibes muy bien hasta que volteas a ver esa época, años después. Porque yo también tuve al maestro buena onda de inglés que nos ponía canciones para tratar de motivarnos y aprender algo del idioma. Yo también hice pulseritas con tiras de plástico y jugué al resorte. Yo también tuve un Walkman e iba al Videocentro a rentar películas. La serie incluso revivió a aquella maestra de Carrusel, la telenovela “infantil” que todos vimos en algún momento, pero convertida en una maestra cruel y desalmada. 


Y bueno, qué decir de la música. Pareciera que mis cuentos y mi idea de mezclarlos con canciones es algo que está “en el aire”. El soundtrack está plagado de canciones del “Rock en tu idioma”, pero también de aquellas canciones que escuchaban nuestros papás (José María Napoleón, Yuri, Camilo Sesto) y de las canciones de las fiestas (como Caló, Proyecto uno y Ace of Base). No cuento más porque no quiero soltar spoilers, pero es claro que el nombre de Nadie nos va a extrañar, aunque sí está ligado a la trama, nos recuerda todo lo que sí extrañamos de aquella época. 











La insoportable levedad del ser… sin café

No recuerdo bien cuándo comencé a tomar café. Seguramente fue en casa de mi abuelito después de alguna comida de domingo. Mis tías ponían una olla grande con canela y luego le echaban el café de grano. Reposaba unos diez minutos y después lo colaban para servirlo. 

Esas comidas, además de ser una mezcla culinaria interesante, estaban llenas de anécdotas, risas, a veces hasta canciones. Así que el café era el complemento perfecto para la plática de sobremesa. 

Eso sí, antes de tener edad para echarle cafeína a mi cuerpo, me daban tecito de canela, que también me sabía a gloria, más porque me hacía pertenecer a ese grupo que en vez de andar corriendo o jugando en la fuente, se quedaba en la mesa a escuchar las consabidas historias de mis tías o mi abuelo. 

Supongo que en algún momento me animé a tomar café o alguien me lo autorizó. Y no solo lo tomaba los domingos después de comer, también los sábados en la mañana, cuando mi mamá preparaba el desayuno, que nos sabía a apapacho, pues no teníamos que salir corriendo hacia la escuela o el trabajo. 

Después, en la universidad, era mi ritual obligado antes de empezar las clases, para calentarme y para despertar. 

Más tarde, en las oficinas donde trabajé, llegó a ser una actividad para unir los lazos del grupo. Todos tomábamos café como si no hubiera un mañana. Una jarra al llegar y una jarra después de comer. Y a veces, después del trabajo, todavía iba por un café con alguna amiga. 

Una vez, una de mis mejores amigas, al llegar a su casa me dijo: 

- ¿Quieres un café? 

Y yo:

- ¡Claro! 

- ¿Nescafé o de grano?

Seguro, involuntariamente, hice una cara de rechazo.

- De grano, si se puede.



Mi amiga se moría de pena y después nos reíamos recordando la ocasión. “Creo que me echaste ojos de pistola”, decía. 

Y es que el café soluble solo existe para echárselo de vez en cuando a la leche caliente y cuando no hay más remedio. 

Hoy en día, sigo poniendo una cafetera en la mañana y a veces una en la tarde. O, cuando quiero algo diferente, uso mi prensa francesa. Eso sí, la cafetera italiana y yo nomás no nos entendemos. No he logrado agarrarle el punto exacto para que quede un espresso rico, pero no amargo. En fin, seguirá siendo mi reto para experimentar los siguientes años. 

Así que no puedo realmente empezar mi día hasta que tomo una taza de café, cargada, con un toque de canela (o de “pumpking spice” en el otoño). Y pensarían que por vivir en Playa, donde amanecemos a 26 grados, lo que menos se me antojaría es un café caliente (porque, sí, lo tomo caliente), pero ya a estas alturas además de disfrutar el sabor, creo que soy adicta, no solo a la cafeína, sino a la conexión que me genera recordar todas esas pláticas de domingo, con mi familia, con los amigos que no he visto hace años y a los días que pasaron y se fueron para no volver. 

Ya llevo dos cafés escribiendo esto, así que me reservo las otras dos tazas para después, porque también conozco mi límite y ya tengo suficiente cafeína para empezar el día. 



jueves, 21 de marzo de 2024

El Vive latino, Elvis y los espejos


El domingo mi esposo y yo nos dimos cuenta de que estaban transmitiendo el Vive Latino en Prime Video, así que decidimos ver eso en lugar de estar tratando de decidir por una hora qué ver entre todas las opciones del streaming. 

Muy pronto, desde la comodidad de mi sillón, me di cuenta de que estoy lejos de ser el target del festival. Ya no. Pero más allá de darme cuenta de que ya soy “too old for this shit” (como diría el buen Murtaugh en Arma Mortal), descubrí un par de grupos o artistas que me hicieron tener un poco de fe en la música actual. Por ejemplo, The Warning, unas chicas que me hicieron recordar que aunque escucho un poco de todo, mi corazón en el fondo sigue siendo roquero. Guitarra, bajo y batería. Lo más básico para hacer música estridente y poderosa. Wow!

Y en el otro lado del espectro, Silvana Estrada. Música con este toque folk, pero con letras lindas y una voz hermosa. 

Lo curioso de mis hallazgos es que son chicas muy jóvenes y ya era su segundo vive latino (el primero fue el del 2020, justo antes de la pandemia). Me sorprendió ver todo lo que han logrado a su corta edad. Siempre ha habido personas brillantes que desde muy jóvenes han sobresalido, pero me parece que pasa algo interesante con las generaciones nuevas: ya no se compran el cuento de que deben andar por el camino “seguro”, es más, saben que hay muchos caminos; y si no hay paso, lo crean.  

Y eso me lleva a otra revelación de esta semana. Vi una entrevista con Elvira Liceaga (Elvis, pa los cuates), donde platicaba de muchas cosas, pero sobre todo de su novela Las vigilantes. Me pareció curioso que a pesar de todo lo que ha logrado, se mostraba insegura de sus propios textos, de su trabajo, además de confesar que vive en ansiedad por ver tiktoks de todo lo que está ocurriendo en Gaza. Habló de cómo batalla contra esa voz que le dice que escribe puras porquerías y que no hay razón para que alguien leyera lo que tiene que decir. Y entonces me cayó el veinte: ¿será que nuestra generación esta toda sumida en ese fango de no sentirse suficiente? Es que de verdad me parece increíble que alguien que ya ha sido publicado un par de veces por una de las editoriales más fuertes del mundo, siga dudando de su trabajo y se la viva sobrepensando todo, viviendo en la angustia y la autoexigencia. Claro que también ha ido ignorando esa voz para seguir escribiendo, pero sin duda me identifiqué con algunos de esos pensamientos críticos de mis versiones pasadas.  

Y eso me lleva al tercer punto: cómo otras personas son nuestros espejos y nos reflejan a veces lo mejor y a veces lo peor de nosotros. A mi hija la he sorprendido diciendo cosas que yo me he dicho y que he tratado por todos los medios de evitar que caigan sobre ella. “Es que soy perfeccionista”, me ha dicho. “Es que qué tal que se ríen de mí”. “¿Es que por qué a alguien le gustaría lo que hago?”. ¡Mierda! ¿Cómo acabar con el círculo vicioso? ¿Dónde comenzó?

Mis papás son de las personas más brillantes que conozco, en muchos aspectos. Como maestros puedo decir que son excepcionales. Pero nunca se atrevieron a poner una escuela porque pensaron que se necesitaba mucho dinero para ponerla como ellos querían. No en una casa adaptada, como hacen la mayoría, no en un lugar pequeño para después ir creciendo. Ellos pensaban en hacerlo en grande o no hacerlo. Y no lo hicieron. Pienso en todas las personas que se habrían beneficiado de una escuela dirigida por ellos, sin mencionar la situación económica que probablemente hubiera sido considerablemente mejor si hubieran tenido un negocio propio, o la mentalidad emprendedora que tal vez mis hermanos y yo habríamos adquirido antes. Pero todos esos “hubiera” son infructuosos, como siempre. Sé que tenía que vivir lo que viví y punto. ¿Pero qué puedo yo cambiar para mis hijas? ¿Cómo romper el círculo vicioso? Dejar de dudar de mí y ponerme en el mundo. ¿Qué habrá pensado una Silvana Estrada cuando comenzó, si a los 20 años ya tenía un disco editado? “Ay, ¿a quién le va a gustar la música tradicional mexicana?”. Tal vez lo pensó, pero lo hizo de cualquier forma, a pesar de esas dudas. 

Ahora me queda inspirarme en historias de late bloomers, como Alice Munro, que cuenta cómo empezó escribiendo en la mesa de la cocina a sus 40 años. Supongo que, en comparación, ya llevo algo de ventaja a mis 42, así que replanteo la frase de Murtaugh y me digo a mí misma: “I’m not too old for this shit”.


jueves, 14 de marzo de 2024

Infatuation

 

“Lo nuestro duró, lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks…”. Eso hubiera dicho de nuestro noviazgo si es que hubiera existido la canción en ese entonces y si no fuera raro que yo hablara de tomar whisky estando en secundaria.
Es curioso cómo cambia nuestra percepción del tiempo. Y sí, visto ahora, fuimos novios sólo un par de semanas. Qué patético que después de tan poco tiempo yo me quedara enganchada como un adicto a las drogas (y sí, drogas sí había en mi secundaria, pero mi mayor droga sigue siendo el café con pan, así que sólo hablo por hablar).
Visto a la distancia, parece ridículo, pero en aquel entonces se me iba la vida por dicha persona. Llamémosle G. Hubo toda una telenovela alrededor de nosotros, porque además había sido novio de una de mis mejores amigas. ¡Escándala! No se preocupen, mi amiga y yo superamos ese momento y seguimos siendo amigas. Y a G lo he visto en Facebook, por lo que puedo afirmar que prácticamente no tenemos nada en común. A mí me parecía tan extraño que yo le gustara a alguien que me aferré como pulga a un perro. ¿Y por qué? Solo por un par de besos en el salón de música. Me imagino que para él fue demasiado drama eso de las miradas de mi otra amiga, los cuchicheos en el salón y las burlas de sus amigos. Ni siquiera recuerdo el momento exacto en que terminamos. No sé qué me dijo, ni dónde fue. Lo que sí recuerdo es que corrieron ríos de tinta escribiendo al respecto. Porque eso sí era: una prolífica escritora de diarios adolescentes, con canciones muy tristes de fondo y con diálogos hacia la luna, las estrellas o la lluvia. 

“¿Y cómo negarle a mi corazón…
…que aún te amo?
Que aún te extraño
Los días sin ti
Son como morir
Auuu uuu uuuu uu”

El cliché adolescente y “romántico” en todo su esplendor. Si hubiera existido Spotify en ese entonces seguramente esta canción de Coda habría sido la más escuchada de mi año. 
Yo, la más roquera, la más anti-pop, la más darks, caí en escuchar Enrique Iglesias y ver telenovelas donde la protagonista era “fea” y sufría mucho, hasta que descubría que no era fea y su galán volvía por ella. Sí que son cabronas las hormonas. Ojalá hubiera mantenido el hábito de escribir, pero eso se fue diluyendo poco a poco. 
Pero como también vivía en una casa donde se oía desde la vieja hasta la nueva trova, caí en Silvio Rodríguez, Luis Eduardo Aute y Joaquín Sabina. Descubrí también a Miguel Bosé y me adentré en Duncan Duh. 

Pues, aunque no lo crean y aunque tuve otros novios de manita sudada los siguientes dos años, yo seguía suspirando por G. Tanto así que estando ya en prepa, un día me armé de valor, fui a su casa y le dejé una carta. Algo así como mi último intento de ver si podía rescatar aquel amor fugaz de dos semanas. No fue así. A estas alturas no sé si le daba ternura, lástima o era francamente una molestia para G. En honor a la verdad, él nunca fue grosero conmigo, así que al menos puedo decir que no me enamoré de un patán. Pero ah, cómo me costó salir de ahí. 
Y aunque hoy me da risa y un poco de vergüenza, también me dan ganas de irme a abrazar a mí misma en esos años. De decirme que todo iba a pasar, que todo iba a estar bien (aunque en realidad apenas estaba a punto de experimentar el verdadero amor y el consecuente desamor). Lo más curioso es que, aunque sabía que era una clavada sin remedio, eso nunca me impidió volver a enamorarme. ¿Será que los melodramas de las telenovelas me educaron sentimentalmente a seguir intentándolo? Me gusta la palabra en inglés “infatuation”, porque me suena más precisa, como si fuera una especie de hechizo el que sufrimos cuando creemos estar enamorados. “I’m infatuated”. Así que no era yo, estaba bajo el embrujo de G y me tomó un par de años encontrar el antídoto. Y ustedes, ¿han estado bajo ese hechizo?



jueves, 22 de febrero de 2024

Vida y muerte

Hace unos días cumplí 42 años. Y como la vida está hecha de opuestos que se complementan y crean un equilibrio, un día antes nos avisaron de la muerte de la abuelita de mi esposo. Uno sabe que la muerte está por llegar, a veces incluso parece ya la mejor alternativa para evitar el dolor e irse dignamente. Pero lo cierto es que nunca se sabe cómo vamos a reaccionar cuando llega. La noticia nos sorprendió en la madrugada y no pudimos volver a dormir. ¿Qué hago? Reviso mi celular, pongo café, me siento, me paro. ¿Qué más puedo hacer? Nada. Uno se siente tan inútil, tan fuera de lugar. Recuerdo igual cuando fui a ver a mi abuelo antes de que muriera. Me dieron ganas de ir al baño y no podía creer cómo algo tan mundano podía interrumpir un momento así. Pero así es. La vida sigue. Los procesos continúan su curso. Y en la víspera de mi cumpleaños, se sentía tan raro “festejar” que hace 42 años nací. Pero también es muy necesario a la vez: celebrar que sigo aquí, contar mis bendiciones, agradecer que la persona que ya no está se supo amada, que no quedó nada de nuestra parte por tratar de hacer más agradable su paso por este planeta.


Mi hija menor se despertó y, como el huracán que es, se puso a hacer sus cosas a las 3 am, sin importarle nada. Mi hija mayor, al enterarse, soltó en lágrimas. Ella es más consciente de lo que es la muerte y además tiene una sensibilidad innata que le hace experimentar todo más intensamente. Pero como decía, la vida no se detiene y horas más tarde estaba feliz de recibir su nombre de selva en los scouts. 


Por mi parte, he estado yendo y viniendo en los distintos años que me ha tocado vivir: 


“Aficionada a la lectura, el cine y la música. Paso mis días tratando de poner orden en el mundo a través de ordenar las palabras de otros. Nada me hace más feliz en las mañanas que un café bien cargado. Puedo vivir en medio del caos total, pero no soporto ver un cuadro chueco”.


Esta era la descripción de mí misma en mi blog y mi twitter. Era cuando no tenía hijas y trabajaba como editora. Y algunas partes siguen siendo ciertas. Pero ahora no tengo mucho tiempo de leer o ir al cine. Ahora paso mis días trantando de poner orden en mi casa (Sísifo la tiene fácil, comparado con las mamás que tenemos hijos pequeños) y ordenar las palabras de otros pasó a un nivel casi inexistente. 


Hoy me queda más que claro que la vida es cambiante y también me ha hecho pensar en: ¿qué va a quedar de mí cuando no esté? Se quedan las fotos, las historias, los recuerdos, pero me gustaría que quedara algo más tangible: mi voz a través de mis palabras, mis historias. Así que, en vez de dedicarme a ordenar las palabras de los demás he procurado enfocarme en las mías, escribirlas, ordenarlas, darlas a conocer. Para mí, eso es lo más cercano a la vida eterna. 


Por último, me encontré con esta imagen, muy ad hoc para mis reflexiones de estos días: “La Vida y la Muerte han estado enamoradas por más tiempo del que las palabras pueden describir. La Vida le envía incontables regalos a la Muerte y la Muerte los guarda por siempre”. 


(Créditos de la imagen y la frase a quien corresponda.)

miércoles, 21 de febrero de 2024

Fracasitos

Empiezo a escribir la idea de un cuento. Una frase que se me ocurrió ayer, 14 de febrero. Debe ser algo de mi personalidad porque soy una especie de grinch del día del amor y la amistad. No me molesta que los demás festejen (bueno, ahora no, hubo una época en que sí me chocaba ver a todos con sus globos y sus peluches caminando tan felices por la calle); pero sí me pongo como “a la defensiva”. Supongo que es un mecanismo de defensa para tratar de combatir lo empalagoso del día, así que me pongo en un “mood” amargoso. Entonces estaba escuchando mi lista de canciones de Sabina, un cínico en temas del amor. Así que una de sus canciones me detonó la idea para un cuento. Hoy me senté a escribirlo y no avancé más de un párrafo. De pronto me acordé de otra idea que me surgió ayer y abrí otro documento para plasmarla. Igual que antes, avancé solo un párrafo. Y aquí me tienen ahora, escribiendo sobre mi proceso de escritura. 

Pero antes déjenme contarles que todo esto empezó ayer. Tenía toda la mañana destinada a escribir. Qué importa que la lavadora se descompuso y tengo que llevar la ropa a la lavandería. Qué importa que comamos atún. Hoy me dispongo a escribir. Y cuando estaba ya abriendo el documento, me manda aviso la computadora de que tengo que actualizar el sistema operativo. Y bueno… que cierro todo y la pongo a actualizarse. De pronto me acordé de un video que me enseñó mi hija, de un canal de YouTube que se llama “Fracasitos”. El personaje se sienta a trabajar en su escritorio. Y dice que primero va a hacerse un café, limpiar su escritorio, y ya de paso limpiar el resto de la casa, pintarla, lavar los trastes, bañar al gato y casi casi a negociar la paz en medio oriente; todo antes de ponerse a trabajar. Y cuando por fin se dispone a hacerlo, ya es súper tarde. Mi hija me dijo: sí podrías ser tú. Y yo: ¿qué? ¿Me has estado espiando? ¿Me conoces o me hablas al tanteo? 

Así que ayer, cuando empecé con la actualización, me acordé de “Fracasitos”. Y dicho y hecho. La computadora indicó que tardaría 30 minutos en actualizar, entonces decidí meterme a bañar. Para cuando salí y terminé de arreglarme ya era hora de preparar la comida. Así que hice de comer, fui a recoger a mi hija menor, comimos, vimos un capítulo de una serie y cuando me disponía a, ahora sí, sentarme a trabajar, el Word me indicó que tenía que cerrar para actualizar todos los programas. “Fracasitos, fracasitos…”, sonaba la cortinilla en mi cabeza. 

Cuando acabó, ya era hora de ir por mi otra hija. Así que fui por ella. Le conté de regreso todo lo que había pasado y se moría de risa. Y aunque intenté sentarme a trabajar toda la tarde, había tantas cosas que ellas querían platicarme que me resigné a cerrar la computadora y escucharlas. Tal vez de esto salga una historia después…

Aquí el video de Fracasitos, por si no lo conocen: 
https://youtu.be/aao9DwwOeeY?si=XBHxMVbi497sNZxe

No tengo nada que escribir

Me enfrento de nuevo a la página en blanco y recuerdo El libro vacío de Josefina Vicens. Es admirable cómo logró escribir toda una historia con un personaje que cuenta que no logra escribir. 

Escribir sobre el vacío. Escribir por escribir. Las ocupaciones diarias me mantienen a raya. A veces, viendo girar la ropa en la secadora de la lavandería, me pregunto si esto  es lo que me espera en los años que me quedan. Una rutina doméstica que sólo se aprecia cuando no se hace. Aunque he de decir que también es algo cómodo. No hay que pensar mucho, sólo hay que seguir con la corriente de las tareas que se acumulan. El problema es que mi cabeza no para y sí sigue pensando. Todo el día y a veces gran parte de la noche. Cosas insignificantes o dilemas filosóficos. Mi mente se alimenta de todo. Por ejemplo, ahora me preocupa que tengo que cambiar las rejillas de las regaderas y que el cajón del clóset se zafó de nuevo. Pero también pienso en todos los libros que quisiera leer y no he leído y empiezo a angustiarme por el tiempo que me queda. Y luego pienso en mis papás y el tiempo que les queda y así es como paso de un problema tan pequeño como las rejillas de la coladera, a la angustia existencial. 

Me imagino que no soy sólo yo. A raíz de la pandemia me enteré de muchas personas que comenzaron a padecer insomnio, ansiedad, ya no se diga depresión u otro tipo de afecciones de la salud mental. Y sí, las meditaciones y el ejercicio ayudan, también las terapias, ya sean tradicionales o alternativas, pero a mí lo que me ha funcionado es sentarme a escribir. Lo que sea, como sea. Y por eso vuelvo a recordar a Josefina Vicens, y a Julia Cameron con sus “morning pages” y su Camino del artista. Me siento en una sequía creativa, aunque también he leído por ahí que hay momentos en que “se alimenta” la imaginación para después dar paso a la creatividad. Puede ser que esté en la etapa de “alimentación” porque eso sí, he estado leyendo muchas cosas y viendo películas o series que me parecen inspiradoras, pero las letras nomás no salen, o no como quisiera. Dejo aquí, por lo pronto, la “nada” de esta semana.